18 julio 2016

Crónica de la experiencia del Grupo Bilbao 2016


Iré contigo hasta el final

         12 Días, 288 horas, 17280 minutos. En tanto tiempo se puede escuchar música hasta que los tímpanos retumben, bailar hasta que “te duelan los pies”, visitar ciudades, estudiar, achicharrarse al sol, disfrutar, reir, aprender. Por suerte, la decisión que mis compañeros y yo tomamos con respecto a cómo invertir todo ese tiempo nos llevó a hacer todo eso, y muchísimo más.


A mediados del agobiante curso que es segundo de bachiller, se nos propuso la opción, como ya había ocurrido en años anteriores, de invertir dos semanas de nuestro verano en un campo de trabajo en uno de los barrios más vulnerables de Córdoba, Las Palmeras. La propuesta, así, de primeras, quizá no suene demasiado apetecible, pero aderezado con las opiniones y experiencias de los compañeros que ya estuvieron, el plan se tornaba en algo mucho más tentador.

A medida que el curso llegaba a su fin y los nervios iban aflorando, el grupo de alumnos y acompañantes se iba cerrando (mención para aquellos que, por diversos motivos, no pudieron acompañarnos), y, sin darnos cuenta, nos plantamos en la estación de bus, con las maletas cargadas de ropa, pero dejando un hueco a la ilusión, las ganas, el buen rollo, aunque no faltaban también en la maleta el respeto y las inseguridades.
        
Seguramente lo peor de la experiencia lo vivimos el primer día, con 12 interminables horas de bus y un calor apabullante que nos daba la bienvenida. Pero vaya, con un poco de sueño comenzábamos la vuelta de reconocimiento por el barrio y para tener una primera toma de contacto. El mismo dia, por la noche pudimos ir a cenar al barrio vecino en el que vimos a los primeros chavales y chavalas que nos acompañaron las dos próximas semanas de Escuela de Verano.




         Tras la primera noche, llegaba el lunes, comenzaba la Escuela de Verano y conocíamos a todos los que serían los protagonistas de nuestro paso por las Palmeras: 90 niñ@s y adolescentes que fueron los culpables de que nuestra experiencia fuese algo inolvidable. Niños y niñas con muchísima calle y que, aun siendo bastante más pequeños en edad, nos daban mil y una vueltas. De ahí, nuestro miedo a cómo trabajarían durante las mañanas de refuerzo educativo. Miedos que se disiparon casi por completo el primer dia. Los chavales sabían por qué estábamos allí y comprendieron que el esfuerzo que realizasen durante esas mañanas se vería recompensado más tarde.

La semana fue avanzando entre estudios y talleres hasta llegar al  los platos fuertes para muchos, la piscina y la gymkana. Momento en el que, monitores y alumnos, tuvimos tiempo para conocernos en profundidad, entablar amistades y estrechar lazos fuera de un ambiente académico opresor para el tipo de niñ@s que teníamos delante. Dejando a un lado las quemaduras de tercer grado que sufrimos unos cuantos, estos días fueron de los mejores momentos del campo de trabajo, no solo para los alumnos, sino que también para nosotros los “profes”.















Llegado el fin de semana, tuvimos la clásica visita a la preciosa ciudad de Córdoba, de la que vimos como plato fuerte la Mezquita, con nuestro guía particular, el hermano Miguel. Además de la visita, recibimos al segundo grupo de compañeros y a Iñaki que venían con las pilas cargadas y llenos de ilusión a afrontar la que se postulaba con una fantástica segunda semana, aunque eso suponía que el final se iba acercando. Una segunda semana que comenzamos sin tres de nuestras acompañantes que se tuvieron que marchar pero en la que se notaba, por un lado, la energía renovada que traían desde Bilbao nuestros compañeros, y por otro, la experiencia de la primera semana. Con todo esto, nada podía salir mal. Bueno, quizás sí, volvimos a achicharrarnos el segundo día de piscina…



















         De esta manera, y tras una mañana de baile, llegamos a lo que fue uno de los momentos más agridulces, la barbacoa de despedida. Un rato en el que, alrededor de las brasas nos juntamos todos los que habíamos participado en esta experiencia. Educadores y miembros de la Junta de Estrella Azahara, familias de nuestros alumnos, niños, monitores, acompañantes,… todos reunidos celebrando las últimas dos semanas que habíamos compartido todos juntos. Una noche repleta de buena comida, algo de bebida… música, baile, fotos pero sobre todo buen rollo. Se notaba que a lo largo de las dos semanas se habían creado amistades, que, seguro, ni el tiempo ni la distancia separaran.


Como reza el himno del Córdoba, “vivir para soñar que en esta vida iré contigo hasta el final”... Un final que ninguno de nosotros quería que llegase, que era inexorable, pero al que llegamos todos juntos. Se hace muy difícil escribir sobre una experiencia como la que hemos vivido. Surgen momentos en los que uno reflexiona sobre cómo, siendo un mal escritor, se pueden transmitir sentimientos tan complejos y profundos como los que hemos experimentado en Las Palmeras. Momentos en los que te das cuenta de que aquello que sentimos, no tiene palabra que lo traduzca a nuestro idioma pero que queda grabado en todos y cada uno de nuestros corazones en una lengua mucho más compleja y que solo viviéndolo se puede comprender. Dicho esto, solo me queda agradecer de parte de todo el grupo que fuimos desde Bilbao, a todas aquellas personas que han compartido con nosotros y que han hecho posible este campo, y sobre todo a los niños, niñas y adolescentes que han hecho que estos 12 días, de estas 288 horas y de estos 17280 minutos hayan quedado grabados en todos nosotros.