16 julio 2015

770 Kilómetros

770 KM - Todo aquel que haya pasado por 2º de Bachiller sabe que es un año repleto de esfuerzo, fines de semana en casa estudiando, horas y horas frente a un cuaderno de apuntes y, en ocasiones, ayudados de un buen termo de café. Todo esto, con el único fin de superar con creces la dichosa prueba de acceso a la universidad o PAU y poder conseguir entrar en la carrera que más nos apasione. Y tras tanto sacrificio, lo que todos los chavales piensan es en las vacaciones de verano. Pero, un día te proponen cruzarte la península entera e ir a ayudar a unos chavales de un barrio con muchas necesidades de Córdoba, concretamente al barrio de Las Palmeras. Muchos dirían que prefieren de disfrutar de sus días de descanso, pero a unos pocos nos surgió una pregunta: ¿Y por qué no disfrutar allí?


Nosotros venimos desde el colegio La Salle Bilbao, y desde el departamento de tiempo libre se nos ofertó que tras finalizar nuestra formación educativa nos formásemos también como personas. Tras dicha oferta, se formó un grupo de 13 alumnos de 2 de Bachiller que querían probar por primera vez una experiencia similar. Además, para completar el grupo, se unieron 6 exalumnos que tras una primera experiencia gratificante, querían repetir. Todo este proyecto fue coordinado y dirigido por 5 monitores, cuya función principal era acompañarnos y guiarnos. Tras varios meses de preparación previa a partir hacia Las Palmeras, el 27 de junio cogimos un bus con destino Córdoba. En la estación de Bilbao todo eran nervios y ganas de participar en una escuela de verano diferente y conocer a los niños y niñas.


Antes de llegar al barrio, habíamos recibido informaciones y datos del mismo. La verdad es que en un barrio como al que íbamos lo negativo predominaba sobre lo positivo, y las noticias que encontrábamos, no alentaban al positivismo. Los que repetían la experiencia procuraron tranquilizarnos pero incidiendo siempre en que teníamos que tener claro al barrio que íbamos. El primer día fue el más impactante: nos enseñaron un poco el barrio y era difícil no asomarte a los patios o asombrarte al observar las calles. Como anécdota, mientras nos explicaban un par de cosas cerca de la plaza central, vimos a un niño que iba en una bici cuya rueda delantera no tenía neumático, simplemente era una llanta. Los estereotipos que se nos habían creado al leer las noticias, aumentaron aquel día. A pesar de todo, poco a poco iríamos dejando todas esas imágenes previas a un lado y disfrutaríamos realmente de la experiencia.

Comenzó la escuela de verano, y con ella entraron en juego los verdaderos protagonistas de la experiencia: los niños. Hay que tener presente que son niños diferentes a los que nos podemos encontrar en nuestro colegio. Necesitan otro tipo de atención, pero sobre todo, si te los quieres ganar tienes que demostrarles cariño. Una vez que el niño o la niña ve y entiende que estás ayudándole desinteresadamente, y que además te preocupas por su bienestar, comienza el verdadero disfrute. La escuela de verano estaba dividida de la siguiente manera: primero hacíamos una reflexión con los niños adaptándola a las diferentes edades. El objetivo es que ellos aprendan a preguntarse cosas y así conseguir que piensen por ellos mismos. Después impartíamos un apoyo escolar. Todos sabemos que el verano no es la mejor época para hacer que un niño de entre 8 y 15 años se siente en su pupitre a hacer matemáticas o inglés, pero enseguida ellos entienden que es por su propio bien y que el esfuerzo que deben realizar es mínimo. Y por último, en la segunda mitad de la mañana realizábamos talleres o preparábamos juegos para ellos.

Pero estamos en Córdoba, y en verano el tiempo tampoco ayuda demasiado así que es importante romper con la rutina de vez en cuando, por ello se realizaban dos salidas por semana. Nosotros fuimos dos veces a la piscina, una vez al parque de bomberos y otra al colegio de La Salle Córdoba a hacer una Gymkana. Es en estas salidas cuando realmente conseguimos acercarnos a los niños. En las piscinas o en el resto de salidas, los niños se te acercan, te preguntan cosas, te cuentan experiencias suyas… Encima para nosotros conseguimos una motivación extra para que vengan a las clases con energías renovadas. A parte, a las noches después de las cenas, la entrada de la asociación se llenaba de niños y niñas. Muchos pensaran que después de un día agotador solo te apetece coger tu cama y descansar, pero en realidad era cuando más disfrutábamos. Al final, lo que hace de esta experiencia algo especial y agradable son ellos.

Además, para enriquecer nuestro paso por este campo de trabajo, desde la propia asociación y desde el grupo de monitores se nos propusieron ciertas actividades con un enfoque más de ocio. El fin de semana fuimos al centro de la ciudad, visitamos la Mezquita, fuimos a la piscina por nuestra cuenta, preparamos un partido contra gente del barrio en el campo de Las Palmeras… Encima, hemos recibido unas sesiones de formación mediante las cuales se nos explicó la situación real y objetiva del barrio, los orígenes de la asociación Estrella Azahara, vino una madre de uno de nuestros niños a mantener una conversación y así recibir el testimonio de alguien que vive en primera persona el día a día del barrio, realizábamos reflexiones todas las mañanas con la gente de la asociación…

Y como colofón a las dos semanas que hemos pasado aquí en Córdoba, la última noche preparamos una fiesta con todas las familias y chavales a los que hemos tenido en la escuela de verano. Fue una oportunidad de conversar con los padres de los chavales en un ámbito más relajado, pasar un buen rato con los niños…

Finalmente, todo lo que termina tiene que acabar en algún momento y por desgracia ese es uno de los momentos más duros de todos. Es complicado. Nosotros ofrecemos algo tan simple como nuestro tiempo y ellos te devuelven todo su cariño, aprecio, afecto y sobre todo amor. Es difícil separarte de alguien a quien aprecias. Nos quedamos con que dejamos nuestra huella en estos niños pero sobre todo nos llevamos todo lo que nos enseñan. Cuando uno termina la experiencia, se da cuenta de que venir aquí será una de las vivencias que más le marcará como persona a lo largo de su vida. Cualquier persona con un poco de empatía y de generosidad, se dará cuenta de que dar 13 días de sus vacaciones por estos niños es insignificante, que coger un bus de 12 horas ida y 12 horas vuelta no supone tanto esfuerzo; en definitiva, por mucho que nos separen 770 km de distancia, siempre guardaremos un hueco en nuestros corazones para este barrio.

Grupo del campo de trabajo de La Salle Bilbao - Córdoba 2015